
La Pasión de Jesucristo ha sido estudiada desde el Siglo I y los médicos a través de los cientos de años llegaron a dramáticas conclusiones sobre sobre su larga agonía y las despiadadas torturas que sufrió.
Médicos especialistas coinciden en que Jesús debió soportar un tremendo dolor: “Él sufrió una de las formas más duras y dolorosas de pena capital jamás imaginada por el hombre”, dice una investigación del teólogo Paul S. Taylor que publica el portal Christian Answers.
La muerte de Jesucristo fue un evento que desafía los límites de la resistencia humana. Hoy analizaremos lo que le sucedió físicamente según los estudios forenses modernos aplicados a los relatos bíblicos.
Queremos subrayar que lo que sufrió Jesucristo no fue un castigo común… sino algo extremo que lo dejo sin fuerzas desde la noche antes fue un proceso, EL sufrió lo que se conoce como hematidrosis es una condición médica donde el cuerpo llega a sudar sangre debido a un estrés psicológico extremo. Este fenómeno, aunque inusual, es un relato bíblico de Jesús en el Huerto de Getsemaní, donde la angustia profunda posiblemente desencadenó esta respuesta fisiológica.
El mecanismo biológico se origina en el sistema nervioso simpático. Ante un miedo paralizante, los vasos capilares que rodean las glándulas sudoríparas sufren una vasoconstricción seguida de una dilatación brusca, provocando su ruptura.
La sangre se filtra en los conductos sudoríparos y se excreta junto al sudor, tiñendo la piel de rojo.
Desde una perspectiva histórica, es significativo que Lucas, quien era médico, fuera el único que pudo registrar esta hematidrosis, esto aparece en Lucas22:44, donde explica que el sufrimiento fue tan grande que caían gotas de sangre al suelo. Su enfoque clínico describe con precisión la anticipación de un trauma severo, factor clave que la ciencia moderna lo reconoce como un detonante.
Casos de soldados en situaciones de guerra confirman que este fenómeno de sudar sangre se ha dado y es una respuesta extrema del organismo ante la agonía mental.
Esta condición no solo es un signo de estrés, sino que deja el tejido cutáneo en un estado de fragilidad severa, aumentando la sensibilidad al dolor físico. Esto sucedió el jueves en la noche.
A las nueve de la mañana del viernes, Jesús había pasado la noche sin dormir, siendo interrogado, golpeado y humillado en cuatro juicios distintos en menos de seis horas.
Después de ser juzgado, Jesús fue azotado violentamente con un látigo de cuero, con pequeñas bolas de hierro en las puntas y huesos puntiagudos. Las bolas de hierro causaban lesiones internas y los huesos destrozaban la carne, exponiendo la musculatura esquelética y causando gran pérdida de sangre, lo que probablemente lo dejó en un estado de pre shock.
La flagelación
El doctor Rubén Darío Camargo, especialista en cuidados intensivos colombiano, explicó que este tipo de castigo usado por los romanos era un preliminar a toda ejecución.
Desnudaban la parte superior de la víctima, la sujetaban a un pilar poco elevado y con la espalda encorvada, para descargar sobre ésta los golpes y que no perdiesen fuerzas. Golpeaban, sin compasión ni misericordia alguna.
El instrumento utilizado era un azote corto (flagrum o flagellum) con varias cuerdas de cuero, a las que ataban pequeñas bolas de hierro o trocitos de huesos de oveja con afiladas puntas que desgarraban la piel y que causaban profundas contusiones y hematomas.
Los continuos azotes, hacían que las laceraciones llegaran al punto de cortar hasta los músculos, desgarrando la carne. Esto producía una pérdida importante de líquidos (sangre y plasma). Debemos recordar que la noche antes JESUCRISTO había sufrido la hematohidrosis (sudoración de sangre) que le había dejado la piel muy sensible.
Después de severa flagelación, Jesús fue burlado, escupido y obligado a cargar su propia cruz hasta el Gólgota.
La corona de espinas
Después que fue flagelado, los soldados romanos se burlaban de EL y como en la zona habían muchos espinos usaron el Zizyphus o Azufaifo (llamado luego Spina Christi), de espinas agudas, largas y corvas, para armarle una corona y proclamarle “Rey de los judíos”, le clavaron sobre la frente.
La Biblia describe que no recibió ningún alimento durante muchas horas, ni siquiera agua, lo que se agravo por la pérdida de líquidos tras las abundantes hemorragias. Eso hace suponer que ya estaba gravemente deshidratado y al borde de un shock.
“ Lo desnudaron, lo hicieron sentarse sobre cualquier banco de piedra, le echaron en las espaldas una capa corta color grana y le encasquetaron la corona de espinas con fuerza sobre la cabeza, le pusieron una caña por cetro en la mano derecha y empezó la farsa… ¡Salve, rey de los judíos! Y le golpeaban la cabeza con una caña y lo escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias”, como relata la Biblia (Mr.15:15; Mt.27:26-30; Jn 19:1-3)
Cuando Pilato pronunció la sentencia de muerte, comenzó uno de los recorridos más estudiados de la historia por las calles de Jerusalén cargando una cruz. Esta caminata es la que conocemos como el VIA CRUCIS, camino con un madero de unos 22 kilos sobre su espalda hasta llegar al Gólgota que se encontraba fuera de la ciudad.
Después siguió la crucifixión, que era la pena de muerte usada por los romanos desde el 217 a.C. para los esclavos y los que no eran ciudadanos del Imperio, según explica el politólogo, historiador especializado en Medio Oriente y escritor italiano Gerardo Ferrara, miembro de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma.
La crucifixión
Según el doctor Frederick Zugibe (1928-2013), médico forense estadounidense que fue patólogo jefe del Instituto Médico Legal, “la perforación del nervio medio de las manos por un clavo puede causar un dolor tan increíble que ni la morfina sería de ayuda”, sostuvo y consideró que los clavos tenían 12,5 centímetros de largo y que Jesús había sido clavado en las manos, pero no en el centro de la palma, sino “justo debajo del pulgar”.
Otros investigadores sostienen que fue perforado por las muñecas ya que por la complexión ósea, las manos “se rasgarían” con el peso del cuerpo y éste no podría quedar colgado. Los análisis indican que los clavos atravesaban las muñecas (entre el radio y el cúbito o cerca del pulgar) para soportar el peso.
En relación a los clavos en los pies, hay quienes concluyen que no estaban encimados sino juntos como otra manera de perpetuar la tortura. “Por ser un dolor intenso, ardiente, horrible como relámpagos atravesando el brazo hacia la médula espinal. La ruptura del nervio plantar del pie con un clavo tendría un efecto asimismo horrible”, describió Zugibe sobre la postura del cuerpo que, consideró, podía alargar por varios días la agonía y que fue pensada “para hacer extremamente difícil la respiración”. Hallazgos arqueológicos muestran que los pies solían fijarse lateralmente al poste vertical, a menudo con un solo clavo atravesando ambos calcáneos (talones).
Luego de unas tres horas, habría muerto. Para comprobarlo, cuenta la Biblia, un soldado romano le atravesó el costado izquierdo y “la lanza liberó un chorro repentino de sangre y agua” (Juan 19: 34). Esto, para el médico James Thompson “no solo prueba que Jesús ya estaba muerto cuando fue traspasado, sino que también es una evidencia del rompimiento cardíaco”.
La salida de «sangre y agua» (Juan 19:34) sugiere un edema pulmonar o una rotura del corazón por el esfuerzo extremo.
Si en estos tiempos —o si en aquellos hubiera sido posible— el cuerpo sin vida del Mesías pudiera ser examinado en una necropsia hubieran concluido en que la causa de la muerte fueron múltiples como por ejemplo: insuficiencia cardiorrespiratoria aguda, derivada de un shock hipovolémico por la flagelación previa y una asfixia progresiva. Para exhalar, la víctima debía empujarse hacia arriba sobre los pies clavados, lo que causaba un dolor insoportable y, finalmente, agotamiento.
El análisis forense de la crucifixión revela que era una forma de tortura diseñada para una muerte lenta por asfixia progresiva, agotamiento extremo y shock hipovolémico (pérdida masiva de sangre). Las víctimas morían tras horas o días, con clavos comúnmente en las muñecas y no en las palmas, sufriendo calambres, deshidratación y asfixia al no poder respirar por el peso del cuerpo.
La secuencia de su muerte sería: síndrome de estrés agudo, hipertensión arterial de origen psicosomático, anemia aguda por pérdida sanguínea, insuficiencia cardíaca congestiva, insuficiencia respiratoria aguda, síndrome pleural con derrame, shock por hipotensión, infarto de miocardio, ruptura de ventrículo y muerte.
El médico Edward Albury, decano universitario en Oxford, opinó que Jesús sufrió una grave hemorragia que causó desmayos y colapsos fugaces, pero constantes, a causa de la baja presión sanguínea, desde que lo estaban azotando en el palacio de Pilato, en el pretorio. Esos desmayos fueron los que lo hicieron caer al suelo varias veces, cuando iba camino del Calvario. Los riñones le dejaron de funcionar, lo que le impidió conservar el poco líquido que le quedaba en el cuerpo. Y debió sufrir una terrible arritmia cardíaca, con el corazón desbocado, tratando de bombear afanosamente una sangre que ya no tenía.
“¿Cómo pudo resistir ese hombre semejante dolor durante tanto tiempo?”, se preguntó el fisiólogo Zacarías Frank, uno de los médicos e investigadores más destacados del siglo XX, y judío practicante.
“El dolor de Jesús era tan agobiante que en esa época no existía una palabra para describirlo, ni siquiera en la ciencia médica. Tuvo que pasar diecinueve siglos antes de que inventaran el término apropiado para referirse a un dolor que no se puede soportar: ‘dolor excruciante’, que significa ‘dolor que se siente en la cruz’.
La Academia Inglesa de Medicina lo describe como ‘dolor atroz, insoportable y agonizante’”, escribió el investigador colombiano y agnóstico Juan Gossaín.
Entender el sufrimiento físico de Cristo nos da una perspectiva mucho más profunda de Su sacrificio por nosotros.
El camino más corto de la historia duró seis horas. Cada paso fue voluntario. Nadie le quitó la vida. Él la entregó





